Desaparecido Messi, el heredero es Mbappé | Fútbol | Deportes

El hombre que rompe el aire

Un partido está lleno de promesas. Pagamos una entrada o encendemos la tele con la esperanza de que se hagan realidad, pero nadie la asegura y muchas veces no se cumplen. Salvo cuando un Super crack se apodera de la escena y atrae las miradas, las expectativas, las ilusiones de los suyos y el terror de los rivales. Suelen ser una garantía. O sea, Mbappé, que cuando en San Sebastián asomó por el túnel del Reale Arena fue un suceso, una de esas apariciones de las que uno espera quién sabe qué acontecimientos. Su sola presencia, rotunda y ya mítica por su fuerza mediática, nos remitió a un escuadrón letal de un solo hombre. Cuando empieza el partido con un futbolista de esta categoría, en realidad debemos estar preparados para ver dos partidos: el general, previsible, físicamente exigente y de una perfección mecánica; y el suyo, una maravilla visual, una deslumbrante ráfaga de viento huracanado cuando arranca imparable hacia el peligro.

El gran futbolista se esconde en el cerebro

La primera descripción me salió demasiado física, porque es más fácil ver el galope de ese pura sangre que corre tras el balón, que entender las soluciones posibles, algunas aprovechadas y otras descartadas, que pasan por esa cabeza a una velocidad también inconcebible. Siempre me fascinó asomarme al cerebro de un genio en acción. En su primer gol, las arrancadas y los frenos le permitieron ganar medio metro donde no existían espacios, para sacar un tiro inesperado y letal. En el segundo, su larga carrera resultó imparable. Si seguimos con el símil del pura sangre, a aquello no se lo podía detener ni disparándole al jinete ni disparándole al caballo. Pero el futbolista apareció al final, cuando la mirada, el cuerpo y el pie apuntaron al segundo palo, para ajustar el tiro imparable al primero. Cuando Remiro descubrió el engaño ya era tarde. La eliminatoria había terminado.

El mejor, ya sin rival

Mbappé sabe esperar. Recostado sobre la izquierda (en su momento tendrá problemas de jurisdicción con Vinicius), parece ajeno al partido hasta que un balón lo convoca y, entonces, como perro al que le tiran un hueso, arranca con decisión y entusiasmo para mostrarnos un repertorio riquísimo. Porque su juego contiene la mentira del amague, la capacidad de mirar cerca y lejos para regatear en el primer caso o para habilitar a un compañero en el segundo, e incluso se permite la pausa, lo que en un velocista es muy meritorio. Precisión en velocidad, visión, amague, pausa, capacidad de síntesis para construir peligro, goles a granel para que las estadísticas se queden tranquilas. Desaparecido Messi de los grandes escenarios, Mbappé se erige como el único heredero. El indiscutible mejor jugador del mundo en este momento.

Entre la esperanza y la amenaza

Al día siguiente, un deslucido Real Madrid, demasiado preocupado por el control, ganó con angustia al RB Leipzig. Como el hincha también sabe jugar con la imaginación, se tranquilizó pensando que para la próxima temporada a la ecuación habrá que agregarle a Mbappé. Tan deslumbrados están que, rápidamente, le perdonaron la “traición” a la primera invitación de Florentino y despejaron la preocupación de que su condición de estrella pueda romper la convivencia. Tranquilos, a la convivencia es más fácil que la rompa un mediocre. Olvidamos que los mejores lo son gracias a su inteligencia. Se me dirá que más bien a su instinto, pero es que el instinto es la velocidad punta de la inteligencia. Solo veo un problema, y es que la temporada aún no terminó y esa mina vagante que está sin desactivar aún puede detonar en el flamante Bernabéu.

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